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XIV. Asesinado inicuamente por torpes criminales


No puede a veces alzarse al canto lo que vive.

La noche tiene sombras, clausurados lugares,
infranqueables rostros,
el seco golpe, la caída de un cuerpo
o el relámpago acerbo de la hoja homicida,
la ensangrentada calle del amor,
su oscuro y largo llanto,
el repentino busto hiriente de la hembra,
la venganza de inagotables fauces secas,
los dioses abatidos,
a medio devorar por un can macilento,
y sus despojos y el humo en las ruinas.

No es posible volver a la palabra
ni puede a veces alzarse al canto lo que vive,
pues hay sólo tambores apagados
con luctuosos paños, calles deshabitadas,
pisadas que se alejan, conversaciones rotas,
la solidificación del tibio
fluido seminal en los lechos vacíos,
vastos salones preparados
para un ceremonial que no veremos.

Cuanto aún debiera de nacer parece
negarse al tiempo.

Tiene la noche ríos,
avenidas que arrastran
una espesa materia
dolorosa y ardiente.
Y la memoria,
irreparable, hunde su raíz en lo amargo.


José Ángel Valente. No puede veces. La memoria y los signos [1960-1965]


"También en el Curso malogrado el jefe de la Estación Radiotelegráfica de Cabo de palos, don Ángel Rojas Veiga -inicuamente asesinado por torpes criminales-, poco después de recibirse en aquel poblado la Biblioteca concedida por gestiones de la Universidad Popular, aceptó pronunciar unas lecciones especializadas para los muchachos..."

Palabras de Carmen Conde que hacen referencia al asesinato de Ángel Rojas Veiga. Pertenecen al artículo "1931-1936: Antonio Oliver Belmás y la Universidad Popular de Cartagena"


Ángel Rojas Veiga murió entre el 5 y el 6 de marzo de 1939, coincidiendo con la Sublevación de Cartagena, en la que no tuvo participación alguna. Permanecía en la cárcel junto a fascistas, comunistas, miembros del Socorro Blanco y delincuentes comunes. Todos fueron liberados por los sublevados a últimas horas de la noche del cuatro de marzo de 1939, lo que no significa que fueran sublevados. Junto a Rojas Veiga, por poner un ejemplo, salió el comunista Victoriano Cánovas Padilla, quien fue asesinado por el franquismo un año después. A la salida de la cárcel, no sabemos dónde fue Rojas Veiga, pero sí sabemos que no fue con los sublevados.

Según documento del Fiscal Instructor de la Causa General, fechado en Madrid el 12 de noviembre de 1940, Ángel Rojas Veiga murió el 5 de marzo de 1939, a la edad de 46 años, en el paraje de La Boticaria, en Los Dolores. Pero en la declaración ante el Fiscal de Instrucción de la Causa General de su viuda, Rita Ferrer Solano, de 40 años,  figura que su marido, Ángel Rojas Veiga, Jefe de Radio de Cabo de Palos, de 45 años, fue detenido en esa localidad por el SIM y conducido a la prisión de San Antón el 30 de junio de 1938 y que apareció muerto, en el cementerio de San Antón de Cartagena, el 6 de marzo de 1939. Rita Ferrer ignora las heridas que presentaba el cadáver. En referencia a las personas sospechosas de su muerte, la viuda de Rojas señala que únicamente puede decir que su marido fue denunciado por Ángel Balsera, quien ocuparía el puesto de Rojas Veiga como Telegrafista Jefe de Cabo de Palos tras el encarcelamiento de éste y "un tal Jerónimo Vila, que marchó a Cuba".



La esquela está publicada el 25 de mayo del 39, ya en pleno periodo de represión y  manipulación franquista. El régimen se apropió de quienes dentro del bando republicano cayeron a manos del mismo bando por diversas razones. Daniel Arasa narra cómo "el bando nacional trató de apropiarse de esas figuras, inscribiendo sus nombres junto a los de aquellos que habían combatido y muerto en sus filas". De hecho, Ángel Rojas Veiga llega a aparecer en un listado de caídos de la División Azul, pese a que ésta fue creada en junio de 1941, dos años después de su asesinato.

Por otra esquela, no menos sujeta a burda manipulación, se dice que Ángel Rojas Veiga, "Jefe de la Estación Radiotelegráfica de Cabo de Palos, Suboficial del Cuerpo de Ingenieros de Complemento, cuatro veces condecorado con la Cruz Roja al Mérito Militar, tres de ellas por los servicios prestados en Marruecos como Jefe de Estaciones... (a partir de aquí la manipulación franquista)... dio su vida por Dios y por España y su Revolución Nacional Sindicalista, vilmente asesinado por las hordas rojas en el Glorioso Alzamiento Nacional de Cartagena, el día 6 de marzo de 1939".

Las hemerotecas y los archivos están repletos de información sobre los múltiples acontecimientos de importancia que durante ese 6 de marzo del 39, los previos y los posteriores sucedieron en España, en la región de Murcia y especialmente en Cartagena, pero me detengo en uno de ellos por su posible relación (y también confusión) con el trágico final de Rojas Veiga:

"Las Haciendas cartageneras “La Boticaria” y “Lo Soto” fueron escenario el 5 de marzo de 1939 del asesinato colectivo de 61 personas; y en La Unión, tres personas acusadas de “fascistas y católicos” fueron asesinadas en la Carretera de Cabo de Palos al Albujón (km. 17) por la 206 Brigada Comunista".

Las cifras de muertos en esa fecha difieren según las fuentes consultadas. Martínez Pastor habla de 66 personas fallecidas con motivo de estos sucesos, de los que por represión directa serían 25 (los muertos en las haciendas de La Boticaria y Lo Soto). En cambio Martínez Leal, en República y Guerra Civil en Cartagena (1931-1939) habla de 60 víctimas.

"Por represalias directas figuran también los de La Unión, que aparecen con heridas de destrozo craneal, asesinados en la Carretera de Cabo de Palos al Albujón, Km. 17, por la 206 Brigada Comunista, todos de filiación de derechas."


Jesús Andrés López Bayardo, en su tesis doctoral, sitúa la muerte de Ángel Rojas Veiga el 6 de marzo en el paraje de La Boticaria. Incluye su nombre en una supuesta lista de "sublevados muertos en los enfrentamientos de marzo de 1939, en diferentes lugares de la ciudad", pero Rojas Veiga en ningún momento fue sublevado ni "desafecto al régimen" ni tuvo relación alguna con los sublevados. 

Ángel Rojas Veiga era posiblemente creyente cristiano y todo indica que los valores de su fe eran la humildad, la pobreza y la igualdad. Con certeza su esposa Rita -que llegó a ser vicesecretaria de los terciarios franciscanos- era creyente, como lo eran Carmen Conde, Antonio Oliver o incluso Miguel Hernández. Pero, por encima de todo, Rojas Veiga era republicano, fiel defensor de la legalidad democrática constitucional, de la justicia social, del interés de la mayoría, del laicismo, la escuela pública, el acceso de todas y todos a la cultura, de la libertad de pensamiento y creencias. Era partidario, como Azaña, o como los más próximos Más, Ros o Bonmatí, de la revolución cultural y política. Como persona de paz, estaría en contra de la guerra, de la violencia indiscriminada, de la tortura y muerte de inocentes, del asesinato de curas y monjas, de la destrucción del patrimonio..., de asesinatos, fusilamientos, juicios sumarísimos, encarcelamientos o persecuciones políticas e ideológicas injustificadas, pero ello jamás le llevó a conspirar ni a traicionar sus propios ideales. Rojas Veiga pertenecía a la burguesía de clase media, al funcionariado. Pero al funcionariado fiel a la República, no a la burguesía acomodada, sino a la que luchó por la democratización de la cultura y el acceso del pueblo a la educación. 

Como decía Manuel Más Gilabert y, sin duda, igual pensaba Ángel Rojas Veiga: Los que verdaderamente sentimos afecto por los obreros; los que vemos con simpatía las justas reivindicaciones; los que de buena fe intentamos penetrar en los problemas societarios; los que como obreros intelectuales gastamos, rápidamente nuestra vida con esfuerzo de energías que no aconsejamos a nuestros enemigos; los que aspiramos a que el obrero se ilustre para que pueda por sí enjuiciar en momentos transcendentales para su mejoramiento y el de los suyos; los que anhelamos la difusión de la cultura al alcance de todo obrero, cualquiera que sea su preparación anterior y sus medios económicos, labor que puede en gran parte realizar la Universidad Popular proyectada y que cuenta con nuestra devoción, los que aspiramos a hacer luz, no debemos ocultar nada de lo que debe decirse... (diario El Porvenir, día 24 de julio de 1931)

Desconocemos -tampoco nos importa demasiado- si al final de la guerra, Rojas Veiga, desde la cárcel, era más próximo a los partidarios de alargar la guerra o a los de acabarla cuanto antes firmando una paz honrosa. Lo que sabemos y ha quedado demostrado es que no era sublevado, ni desafecto al régimen, ni pertenecía al Socorro Blanco ni a la Quinta Columna, sino que se mantuvo hasta la muerte fiel a la República. 

La noche en que liberaron a los presos de San Antón, los partidarios de la sublevación se dirigieron todos al Parque de Artillería, donde quedaron a salvo protegidos por los militares sublevados. No se conoce sin embargo dónde pudieron ir los demás. No sabemos en qué momento exacto fue asesinado Rojas. Probablemente fue muerto nada más salir de prisión y probablemente lo fue por los mismos que le abrieron las puertas de la cárcel. La versión oficial del franquismo lo dio como muerto por las "hordas rojas" en el paraje de La Boticaria. Esto fue lo que las milicias falangistas hicieron creer a su hijo, Ángel Rojas Ferrer. Pero la versión de su viuda, Rita Ferrer, nos hace pensar que esto no sucedió así. 

Esa noche de luna llena, Cartagena era un auténtico caos donde patrullas de uno u otro bando, por un lado los fieles a la República (aunque entre estos estaban los partidarios de mantener la guerra hasta el final y los de pactar una paz honrosa) y por otro los sublevados (aunque entre estos estaban los fascistas declarados y los sublevados únicamente contra Negrín, partidarios únicamente de que el comunista Galán no fuera puesto al frente de la base naval de Cartagena), detenían o disparaban a quien se encontraban por la calle sin tener claro a qué bando pertenecían. Los rumores de que había triunfado la sublevación o de que había finalizado la guerra se cruzaban con los que informaban de todo lo contrario. Manuel Martínez Pastor, en Cinco de marzo de 1939 en Cartagena, relata como fue la salida de la cárcel y demás aconteceres de los días y noches del 4 al 6 de marzo de ese año.

"Cuando Calixto Molina y Alajarín terminan de fumar sendos cigarrillos de noventa céntimos, y de saborear unas copas de brandy 'tres cepas', se ponen en pie, salen a la mal iluminada calle y se encaminan al barrio de San Antón... Molina arenga a la tropa, ordena que una sección mandada por el brigada D. Luis Montes los acompañe, y con Alajarín, se dirige hacia la prisión del partido judicial... Cuando Calixto Molina llega a la cárcel, el director don Pedro Bernal le franquea la puerta según lo convenido entre ellos de antemano.

Antonio Bermejo Sandoval, Antonio Ramos Carratalá y José Sánchez Rosique ocupan la misma celda incomunicada, ya que están como cabecillas de la 'quinta columna' a disposición del Tribunal de Alta Traición y Espionaje. Se oyen unos pasos recios, se ven unas luces, se escuchan unos murmullos de voces. Un temor, unos soldados que aparecen. Al fin los reconocen, alegría... Los detenidos emocionados se ponen en pie. Abrazos, palabras sin sentido... Mientras los demás soldados se dedican a abrir otras celdas, Calixto Molina saca del cinto una pistola del nueve largo, y al tiempo que se la tiende a Bermejo, le dice: 'Toma, ahora eres tú el jefe'... Pasados los primeros momentos de euforia, liberadores y liberados se ponen en camino hacia el Parque... El grupo de los libertados de la cárcel avanza hacia el Parque por la alameda de San Antón y practica algunas detenciones... En el Parque reina gran euforia, allí se han reunido la mayor parte de los conjurados, olvidando órdenes; se diría que a celebrar una anticipada victoria". 

Refugios en el barrio de la Libertad (San Antón)


En el mismo barrio de la Libertad (hoy barrio de San Antón) había refugios en la calle de la Cárcel y en la plaza del Molino. Martínez Pastor menciona también en su libro la existencia de un refugio en la Media Sala. Allí se habían reunido muchas personas aquella noche, entre ellas un grupo de muchachos envalentonados porque alguien les había entregado unas pistolas: "Por la puerta del refugio de la Media Sala, aparece un soldado comunista, armado con un fusil ametrallador ordena salir a todos. Noales (uno de los muchachos) va a sacar la pistola y disparar, pero una mano cautelosa lo contiene; Cuadrón (otro muchacho) deja caer su pistola al suelo. Salen y son conducidos, cargados de fusiles a El Albujón.

En el barrio de Los Gabatos, una patrulla va haciendo salir de las casas a todos sus ocupantes... y los van concentrando en la calle, cuando aparece un comisario político gritando: '¿Qué hacéis? He dicho que solo los hombres'... Alguien da la orden de que se separen los hombres de las mujeres en dos grupos; los muchachos... irán con los hombres a pesar de las protestas de sus madres... El grupo de hombres es conducido al campo de concentración instalado en El Albujón, en la hacienda 'El Paraíso'".