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Epílogo


De momento esto es todo. Hemos llegado al fin del principio. Como decía en el prólogo, este es un trabajo abierto y todavía nos queda mucho camino por recorrer, documentos por analizar, datos por confirmar y hechos por investigar, pero será con la tranquilidad que supone saber que lo principal está confirmado.

Sabemos con certeza, tanto por sus palabras como por sus actos, el firme compromiso de adhesión de Ángel Rojas Veiga a los ideales de la República, su sincera amistad con Manuel Más, Antonio Oliver y Carmen Conde, y su buena relación con Miguel Hernández, su trabajo con la Universidad Popular, el Cinema Popular, las Misiones Pedagógias y, sobre todo, la Biblioteca Popular.

Sabemos que entró en prisión el 31 de agosto de 1938, aunque. según la declaración de su viuda, fue detenido el 30 de junio. Sabemos con certeza que el motivo de su encarcelamiento fue la acusación falsa motivada por el interés de un malhechor de apoderarse de su puesto de radiotelegrafista jefe. Sabemos el nombre de este traidor y de su compinche. Sabemos que el acusador fue encarcelado y posiblemente ajusticiado.

Sabemos que Ángel Rojas Veiga fue asesinado el 5 de marzo al salir de la cárcel, y que no quiso ir con quienes defendían la conspiración. La principal hipótesis es que fueron estos mismos sublevados quienes le dieron muerte ante su negativa. Si Rojas hubiera decidido ir con ellos, no habría muerto esa noche, pues estuvieron protegidos en el Parque de Artillería por los militares sublevados. Pudo ser también que, tras la salida de la cárcel, en la noche más trágica de la historia de Cartagena, Rojas fuera a guarecerse a casa de un amigo o al refugio de la Media Sala y que de allí fuera sacado y muerto en la tapia del cercano cementerio, o que se topara por la calle con cualquiera de las patrullas, civil o militar, roja o sublevada, que aquella noche acabó con la vida de decenas de personas.

Aunque documentos de dudosa fiabilidad sitúan su muerte en el paraje de La Boticaria,  su cuerpo apareció junto a la tapia del cementerio de San Antón, en Los Dolores, y ese y no otro pudo muy bien ser el lugar de la muerte. 

Aunque desconocemos el nombre, sabemos que quienes le mataron: como bien dice Carmen Conde, fueron  "torpes  criminales" llevados por la locura de la guerra, una guerra de la que es principal responsable Francisco Franco Bahamonde, autor del golpe de Estado de 1936 contra el legítimo Gobierno democrático de la Segunda República. Y sabemos con certeza lo más importante de todo, que Ángel Rojas Veiga vivió y murió fiel a esa República.

¡Salud y República!