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Epílogo

...Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.

Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?

Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
¡venid a ver la sangre
por las calles!
Pablo Neruda. "Explico algunas cosas"

De momento esto es todo. Hemos llegado al fin del principio. Como decía en el prólogo, este es un trabajo abierto y todavía nos queda mucho camino por recorrer, documentos por analizar, datos por confirmar y hechos por investigar, pero será con la tranquilidad que supone saber que lo principal está confirmado.

Sabemos con certeza, tanto por sus palabras como por sus actos, el firme compromiso de adhesión de Ángel Rojas Veiga a los ideales de la República, su sincera amistad con  Antonio Oliver y Carmen Conde, con José Pi y Suñer y José Aitimir, de Salinera Catalana, empresa que apoyó firmemente la II República,  su buena relación con Miguel Hernández, su trabajo con la Universidad Popular, el Cinema Popular, las Misiones Pedagógias y, sobre todo, la Biblioteca Popular.

Sabemos que entró en prisión el 31 de agosto de 1938, aunque según la declaración de su viuda, fue detenido el 30 de junio. Sospechamos, sin tener todavía certeza, de que durante estos dos meses estuvo en alguna checa de Cartagena, donde fue interrogado por quienes le detuvieron violentamente en su casa. Sabemos con certeza que el motivo de su encarcelamiento fue la acusación falsa motivada por el interés de un malhechor de apoderarse de su puesto de radiotelegrafista jefe. Sabemos el nombre de este traidor y de su compinche. Sabemos que el acusador fue encarcelado y posiblemente ajusticiado.

Sabemos que Ángel Rojas Veiga fue asesinado el 5 de marzo al salir de la cárcel, y que no quiso ir con quienes defendían la conspiración. La principal hipótesis es que pudieron ser los mismos sublevados quienes le dieron muerte ante su negativa a unirse a la conspiración. Si Rojas hubiera decidido ir con ellos, no habría muerto esa noche, pues estuvieron protegidos en el Parque de Artillería por los militares sublevados. Pero bien pudo ser también que, tras la salida de la cárcel, en la noche más trágica de la historia de Cartagena, Rojas fuera a guarecerse a casa de un amigo o un refugio próximo y que de allí fuera sacado y muerto en la tapia del cercano cementerio, o que se topara por la calle con cualquiera de las patrullas, civil o militar, roja o sublevada, que aquella noche acabó con la vida de decenas de personas. Pudieron muy bien ser componentes de alguna patrulla de la 206ª Brigada Mixta, que había sido enviada a Cartagena con la orden de detener o matar a todo sospechoso de apoyar la sublevación. Si hicieron el alto a Rojas aquella noche y éste les dijo que acaba de salir de la prisión, no es descabellado que lo identificaran como sublevado. ¿Qué iban a conocer esos jóvenes combatientes recién llegados de Valencia y procedentes de diversos rincones de España quién era Rojas ni toda su labor en pro de la República?

Documentos franquistas sitúan su muerte en el paraje de La Boticaria, pero  su cuerpo apareció junto a la tapia del cementerio de San Antón, en Los Dolores, y cualquiera de los dos puntos pudo muy bien ser el lugar de la muerte. 

Quienes le mataron pudieron ser simplemente, como bien dice Carmen Conde,  "torpes  criminales" llevados por la locura de la guerra, una guerra de la que es principal responsable Francisco Franco Bahamonde, autor del golpe de Estado de 1936 contra el legítimo Gobierno democrático de la Segunda República. Y sabemos con certeza lo más importante de todo, que Ángel Rojas Veiga vivió y murió fiel a esa República y que mantuvo firmes sus valores en medio de la barbarie y la guerra.

¡República. República siempre!

¡Salud y República!