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Sublevación en Cartagena



Luis Romero

No se comprendería que los historiadores de ambos bandos hayan silenciado o acordado escasa importancia a los sucesos que ocurrieron en Cartagena, en los primeros días de marzo de 1939, salvo que lagunas y tergiversaciones se achaquen a la confusa situación que se produjo y, en última instancia, a que el golpe del coronel Casado y la terminación de la contienda contribuyeran a su oscurecimiento. Lo que parece evidente es que el hecho de la sublevación y el giro que tomó inmediatamente, la salida de la Flota hacia su internamiento y la circunstancia de no haber podido evitarlo, tuvieron que influir en el ánimo de Negrín, de los miembros de su Gobierno y también en los dirigentes del Partido Comunista. A partir de ese momento no se les ve reaccionar ante la sublevación de Casado: sólo deciden el abandono. La posterior lucha en Madrid la plantean militares comunistas como Ascanio y Barceló, pero un poco por iniciativa propia, mientras que el Gobierno y la mayoría de los miembros del Comité Central del Partido Comunista abandonan España, y aquellos que permanecen en territorio republicano lo hacen para cuidarse de la evacuación. Cuando, ante Cartagena, la escuadra nacional desiste del desembarco y la Brigada Mixta 206 reconquista la ciudad, la dispersión se ha cumplido.

CUANDO de regreso de Francia, tras la batalla de Cataluña, don Juan Negrín se entrevistó en Los Llanos (Albacete) con los altos mandos del Ejército, fue el almirante de la Flota, don Miguel Buiza, quien expresó de manera más clara y terminante el deseo, o la exigencia, de que, por los medios que fuese, el Gobierno pusiera fin a la guerra que podía considerarse perdida. Esta convicción y este deseo estaban en el ánimo de todos los jefes que acudieron a la reunión, incluso en el del general Miaja que, por causas que se ignoran, fue el único que se manifestó, de boca para fuera como en los siguientes días quedó demostrado, partidario de la resistencia a ultranza. Pero Miguel Buiza advirtió, además, que era propósito de la Flota, propósito que él compartía, abandonar la lucha si no se conseguía poner fin a la guerra en muy corto plazo.

Antecedente: Los Llanos.

Negrín manifestó que era imposible cualquier tentativa de paz y que había que aprestarse a continuar la lucha. Su reacción fue disponerse a reorganizar los mandos y colocar en los puestos clave a jefes comunistas que, como él mismo, habían regresado de Francia y eran los únicos que le apoyaban en su política de resistencia, a pesar de haber sufrido una doble derrota en el Ebro y en Cataluña.

Algunos de los reunidos en Los Llanos quedaron comprometidos para una acción conjunta e inmediata contra el Gobierno si éste, según los propósitos expresados por Negrín, no estaba dispuesto a llevar la nación a la paz. Se trataba de una coincidencia de pareceres y propósitos y los acuerdos no debieron ser generales ni demasiado concretos; sin embargo, aquel compromiso previo debía resolverse en una acción rápida. Aunque no existe unanimidad sobre la fecha, creo que la reunión de Los Llanos se celebró el lunes 27 de febrero.

Convocatoria en el «Cervantes»

El 2 de marzo el almirante convocó a los mandos de los buques, a los jefes de Estado Mayor de la Flota y de la flotilla de destructores y a los comisarios políticos para darles cuenta de la necesidad de nombrar una junta militar, que apoyada por los partidos políticos, excepto el comunista, derrocara al Gobierno e hiciera la paz. Para ello recababa el acuerdo de los asistentes. Siendo comisario general de la Flota el diputado Bruno Alonso, miembro del PSOE, los comisarios de los buques eran en su mayoría socialistas. En general, oficialidad y marinería se consideraban insuficientemente protegidos en Cartagena contra las incursiones aéreas bastante frecuentes y desmoralizadoras. Conspiraciones Puede decirse que el 4 de marzo en Cartagena todo el mundo conspiraba. Las conspiraciones eran varias y de distintos signos y alcances, aunque en algunos puntos se juntaban o cruzaban. En otros los propósitos no quedaban suficientemente claros o nadie sentía la necesidad de aclararlos o de que le fuesen aclarados. Los distintos grupos coincidían en su enemiga hacia Negrín y el Partido Comunista y en su decisión de poner fin a la guerra. Conviene precisar que en aquella ocasión coexistían y aun coincidían numerosos puntos de vista: desde quienes pensaban en un simple cambio de gobierno que eliminara a los comunistas del poder, hasta los que se mostraban decididos a alzarse en nombre de Franco y a poner la plaza a disposición de los nacionales, pasando por los oportunistas que calculaban que un cambio de postura podía granjearles beneficios, y aquellos que contra sus propósitos y convicciones se habían visto forzados a luchar en favor de la República y deseaban actuar ahora en servicio de los nacionales. Había que sumar además, los indiferentes, los acomodaticios, los que resignados a la derrota trataban de eludir las represalias, algunos muchachos exaltados... El motivo que había exacerbado el frenesí conspirativo era que aquella misma mañana se había publicado la sustitución del jefe de la Base, general Bernal, por el teniente coronel Francisco Galán, militante del PCE.

La Flota.

Buiza recibió un radiograma cifrado procedente de la Agrupación de Ejércitos radicado en Torrente (Valencia): Encontrándonos desatendidos por una parte del ejército y habiendo surgido otras dificultades, queda sin efecto el acuerdo de oponerse a Negrín y en consecuencia le relevamos a usted del compromiso contraído. La Flota puede obrar con arreglo a su criterio. Por su parte, Bruno Alonso había difundido un comunicado desmintiendo los rumores de que los buques iban a zarpar abandonando la lucha.

Había entre oficiales, subalternos y marinería el deseo, si no unánime, sí mayoritario, de que los buques se internaran en puerto neutral. Coincidían en ese deseo mayoritario algunos oficiales decididamente partidarios del triunfo nacional con quienes, entre suboficiales y marinería, temían que el final de la guerra les sorprendiera en Cartagena indefensos ante las represalias que iban a producirse. En muchos se manifestaba una actitud de fatiga y desánimo; no deseaban arriesgar la vida por una causa que ya consideraban perdida. Parece ser que incluso uno de los oficiales con mando en uno de los buques trabajaba directamente para la jefatura del Estado Mayor «enemigo», si bien esta circunstancia era ignorada de todos.

La Capitanía de la Base.

Conocía el general Bernal cuanto ocurría a su alrededor y cómo se conspiraba junto a él, pero temía que una sublevación en el momento diera origen a nuevos derramamientos de sangre. Entre las conspiraciones paralelas y más o menos entrelazadas podríamos decir, usando un término convencional, que la situada más a «la izquierda» tenía como cabezas principales al capitán de fragata Vicente Ramírez, jefe del Estado Mayor Mixto de la Base, al teniente coronel de Armas Navales, Norberto Morell, jefe del Arsenal y a José Semitiel, jefe de los Servicios Civiles. En conexión con ellos estaba el capitán de navío Antonio Ruiz, que había ocupado altos cargos, y en cierta medida Fernando Oliva Llamusí, jefe del Estado Mayor de la Base. Este último mantenía contactos con elementos situados más a «la derecha», en distinta línea conspirativa. Lo que se proponía este grupo, con la salvedad apuntada, era negarse a dar el mando de la Base a Galán, a quien, además, suponían portador de severas órdenes contra ellos. Trataban de convencer al general Bernal de que no transmitiera el mando a Galán, aunque ello supusiera rebelarse contra el Gobierno. Algunos dicen que se comprometió pero no parece comprobado ni probable que así fuera. Por el contrario les anunció que por teletipo le habían comunicado que en apoyo de Galán venían dos brigadas de composición comunista. Nadie creyó en la amenaza, que supusieron «farol» del Gobierno o pretexto del propio general para inhibirse. En vista de la situación, Antonio Ruiz salió de Cartagena en busca de Negrín para evitar el choque frontal y parlamentar con él, en calidad de portavoz de los mandos de la Base. A última hora de la tarde se entrevistó en Elda con el jefe del Gobierno.

La «quinta columna»

La evaluación de sus efectivos, como sucede en casos semejantes, resulta muy difícil de establecer. Pocos meses después del 18 de julio comenzó a estructurarse en Cartagena, entre elementos derechistas e izquierdistas desengañados, una rudimentaria organización de las llamadas de «socorro blanco» con objeto de ayudar a las víctimas de la situación y a sus familias. A medida que la guerra avanzaba y la persecución perdía virulencia —y en particular cuando ya dentro de 1938 las posibilidades de una victoria republicana se había alejado— la organización fue desarrollándose. Los límites de este tipo de organizaciones con las llamadas «quinta columna» resultaban fluidos. El SIM tuvo noticia de estas actividades y en varias ocasiones desbarató la organización; de manera eficaz cuando detuvo al comandante Marcos Navarro y se mandó al frente una unidad en la cual se habían infiltrado muchos elementos y, cuando en el mes de febrero de 1939, encarceló al también comandante de infantería de Marina, Basilio Fuentes, así como a los dirigentes civiles Antonio Bermejo, Ramos Carratalá, director de la Caja de Ahorros, José Rosique y otros. La acción del SIM no fue ejecutada en profundidad ni con la extensión y energía que podía esperarse en tiempo de guerra. Los detenidos fueron interrogados y puestos a disposición del Tribunal de Espionaje y Alta Traición.

Entre los que quedaron en libertad figuraba uno de los fundadores, Calíxto Molina, sargento a la sazón, que procedía del campo republicano y que parece era masón y teósofo. Hombre de convicciones no por cambiantes menos firmes, y un tanto exaltado —y quizá también algo irresponsable—, se dispuso a actuar por su cuenta declarándose «enlace» de la organización secreta, casi inexistente en la práctica. Como enlace de esa organización con la que no enlazaba mantuvo estrecho contacto con diversas personas militares y civiles, dio órdenes y llegó a intervenir de manera preponderante en el planteamiento de los hechos y su inicial desarrollo. El comandante de artillería Arturo Espa, segundo jefe del Regimiento de Costa nº 3, se suponía vinculado a los mandos de una organización cuyo enlace era precisamente Calixto Molina. La misión que asumió Espa fue la de sublevar las baterías para lo cual tomó contacto con algunos elementos comprometidos; también influyó cerca del coronel del regimiento y sostuvo otras entrevistas. Capitán antes de la guerra, era de filiación derechista, por lo cual fue perseguido en los primeros tiempos. Ayudado por amigos, se vio forzado a ingresar en el ejército republicano y alejarse así de Cartagena. Cuando regresó al Regimiento, las pasiones se habían calmado. Como quedó de jefe accidental, se aplicó a organizarlo de tal modo que en sus filas hallaran refugio quienes, movilizados, se resistían a combatir a favor de un régimen que no aceptaban. Había establecido relaciones con oficiales, suboficiales y artilleros y sabía quiénes le acatarían y secundarían para sublevar las baterías en favor de los nacionales.

Para articular la sublevación se contaba en principio con el Regimiento de Infantería Naval, dada la actitud favorable de su jefe, el comandante Francisco García Martín, y de algunos ofíciales y suboficiales. Entre los soldados había bastantes elementos «nacionales» y se confiaba en la pasiva obediencia de los demás, movilizados por las quintas, cansados de una guerra a la cual no se veía fin y acomodados, casi siempre por influencias, en aquella unidad de retaguardia.

El contradictorio don Gerardo Armentia Palacios.

Mandaba el Regimiento de Artillería de Costa que interinamente había mandado Espa. Es la figura más contradictoria de cuantas intervienen en el conflicto y la más trágica entre los dirigentes, pues será el único entre ellos que perderá la vida. Mientras unos le han calificado de «jefe indiscutible de los falangistas», otros han escrito que murió con las armas en la mano defendiendo la República. Ni una cosa ni la otra son ciertas. Sus sentimientos, su actitud y comportamiento en aquellos días de la sublevación son tan complejos y matizados que resultan difíciles de interpretar y comprender. Sus antecedentes quedan claros: republicano y masón, consideraba la guerra perdida y deseaba se llegara a una negociación o compromiso entre antiguos compañeros de armas que paliara las consecuencias de la derrota. Era vasco y todavía no había cumplido los cincuenta años. A pesar de que el 19 de julio de 1936 se hallaba en Cartagena y en el mismo Regimiento, en marzo de 1939 acababa de llegar procedente del frente de Andalucía y no estaba al corriente de la situación de la plaza ni de las intrigas que se tejían y destejían. Conocía desde antes de la guerra a Antonio Bermejo y a Calixto Molina y este último estuvo a sus órdenes en el ejército de Andalucía. Como decidido anticomunista que era, se sumó a la conspiración contra Negrín, pero nadie, ni Espa ni siquiera Calixto Molina, se atrevieron a declararle abiertamente cuáles eran sus verdaderos propósitos. Calixto Molina dijo que en el último momento él se encargaría de inclinar el ánimo del coronel. Como Molina era impulsivo e ingenuo, si por una parte se disponía a utilizar la autoridad de su jefe y amigo en favor de la causa que defendía, por otra parte confiaba en que si Armentia adoptaba en el último momento una actitud decidida y eficaz, los vencedores se lo tendrían en cuenta manteniéndole en el escalafón.

Otros grupos anticomunistas

Había otros núcleos que pudieran calificarse de quintacolumnistas en potencia: estados de opinión individuales o colectivos madurados hacia el compromiso de colaboración con fuerzas mejor estructuradas. Siendo Cartagena ciudad pequeña con elevado censo de marinos y militares, se conocían unos y otros, comentaban entre sí y sabían con mayor o menor precisión las ideas y propósitos de los demás, si bien a quienes en alguna medida eran partidarios del Gobierno se les excluía, por amigos que fueran, de las últimas y extremas confidencias. Algunos habían estado conectados con la red de «socorro blanco»; otros, por ejemplo marinos, se habían agrupado en espera de emprender una acción eficiente. Todos podían coincidir en un momento dado. Con anterioridad, la organización de Antonio Bermejo había intentado enviar un emisario a zona nacional, al oficial de Artillería Alberto Meca, expulsado del Ejército y perseguido, pero fracasó, en sus dos intentos. En los Barreros y en conexión con la organización clandestina, estaba formada una centuria o más de falangistas, a los cuales podía armarse con fusiles. En general se contaba con militares o marinos que quedaron excluidos del ejército republicano, con ex guardias civiles, con agentes de policía que se sabía eran «desafectos» y con otros que deseaban asegurarse su continuidad en la plantilla; y con los perseguidos, con jóvenes recientemente incorporados a filas y otros, más jóvenes, que ni siquiera habían sido movilizados.

Todo preparado

Durante el sábado día 4 las entrevistas fueron muy numerosas; casi nadie llegaba a franquearse ni siquiera con sus propios aliados. Las presiones para convencer al general Bernal de ponerse al frente de todos y contra Galán resultaban estériles. Por encargo de Negrín, el comisario general, Bibiano Osorio Tafall, se trasladó a Cartagena por la tarde, en un último esfuerzo por convencer a Buiza, Bruno Alonso y los demás de que se mantuvieran dentro de la legalidad. Las entrevistas no fueron fáciles ni fructuosas, y Osorio Tafall regresó a Elda a darle cuenta al jefe del Gobierno de que la actitud levantisca no había remitido. Dos días antes había fracasado en su gestión apaciguadora, en la cual alternó argumentos y amenazas, el ministro de la Gobernación, el socialista Paulino Gómez, que también se trasladó a Cartagena. A punto estaban, pues, de desencadenarse los movimiento de insubordinación paralelos. Unos tratarían de oponerse a Galán apoderándose del control de la ciudad y de la Base. Otros, aprovechando la confusión y las medidas adoptadas por dos ejecutores del golpe de carácter republicano y pactando con algunos de ellos, se alzarían en nombre de Franco, forzarían a abandonar el puerto a la Flota y solicitarían ayuda nacional para poner a su disposición la plaza.

Un salto atrás

Demos un pequeño salto atrás. El día anterior, o sea el viernes 3 de marzo, el comandante Ciutat, jefe de Operaciones del Ejército de Levante, ha cursado una orden a la 10 División que manda el mayor Víctor de Frutos. La Brigada 206 debe ponerse inmediatamente en marcha hacia Cartagena y allí obedecer tan sólo las órdenes del jefe de la Base. Las otras dos brigadas de que consta la división, la 207 y la 223, deben también aprestarse para su traslado a Cartagena. La Brigada 206 estaba acantonada en Buñol y otros pueblos valencianos en plan de descanso y reorganización, tras haber intervenido en las operaciones de Extremadura. Predominaban en ella los comunistas y estaban compuesta por mandos y soldados fogueados.

Cuando durante la noche del 3 al 4 la Brigada se puso en camino, su comandante, un joven de 22 años, ex estudiante, el mayor Artemio Precioso, sabe más o menos extraoficialmente que va a ser destituido el jefe de la Base y nombrado en su lugar un militar que a la vez es miembro del PCE, el teniente coronel Francisco Galán. Asimismo, desde Elda se cursan órdenes a la Escuela y Base de blindados de Archena para que desde allí se desplacen unidades dispuestas a operar sobre Cartagena.

El jefe del Gobierno, en Elda

El jefe del Gobierno, que no se siente seguro ni siquiera en su persona, se ha encastillado en una finca de los alrededores de Elda —«posición Yuste» la llaman— cuya custodia ha sido encomendada a «guerrilleros», fuerzas comunistas de élite. En la vasta conspiración que está estructurándose en la zona republicana Negrín sólo cuenta con el apoyo decidido e incondicional del Partido Comunista y, a título casi personal, con unos cuantos miembros de los demás partidos democráticos y del socialista, aquellos a quien se suele calificar de «negrinístas». Los jefes y oficiales procedentes del antiguo ejército, incluidos algunos que habían aceptado el carnet del PCE, la mayor parte de los socialistas, los libertarios en bloque, la casi totalidad de los republicanos, están en contra del jefe del Gobierno, a quien consideran principal obstáculo para conseguir del enemigo unas condiciones mínimas aceptables para poner fin a la guerra. Políticamente la situación «legal» de Negrín tampoco es firme. El Presidente de la República ha presentado en Francia su dimisión irrevocable; Martínez Barrio, presidente de las Cortes, que es quien debería sustituirle, tampoco se decide a asumir esa responsabilidad. Inglaterra y Francia acaban de reconocer al Gobierno de Burgos y están haciendo lo propio casi todas las naciones salvo la URSS y Méjico.

Faltan datos por el momento para conocer con certeza cuáles fueron los móviles que determinaron la conducta de Negrín y debemos guiarnos por conjeturas, por el contraste de las afirmaciones de amigos y enemigos, y por la lógica de los hechos que se produjeron entonces. Cuando Negrín recibió en Elda al teniente coronel Galán, a quien había convocado y nombrado jefe de la Base, acompañaban al jefe del Gobierno el recientemente ascendido a general Antonio Cordón, destacado militante comunista y subsecretario de Ejército, Jesús Hernández, miembro del Buró político, y Palmiro Togliatti, representante de la III Internacional, todopoderoso dentro del Partido y única persona que en España conocía los designios e intenciones de la URSS en aquella coyuntura. Galán es instado para que se presente sin dilación en Cartagena y asuma el mando. Le recomienda Negrín que en lo posible no emplee la mano dura sino que negocie y trate de llegar a acuerdos con los adversarios. Por si necesitara apoyarse en la fuerza, le informa de que una brigada de confianza se pondrá a sus órdenes directas a las puertas de Cartagena. Pocas son las instrucciones que se dan a Galán y mucho lo que de él se espera y en especial que haga abortar la sublevación e impida la marcha de la Flota. Asimismo, se le anuncia que en Madrid existe otro foco subversivo y que en la capital puede estallar una rebelión lo mismo que en Cartagena.

Interrogantes

Desde hacía tiempo conocía Negrín el cansancio bélico que aquejaba a la población civil y a su ejército. Habían intentado tímidas gestiones de paz reduciendo a tres sus célebres diez puntos. Hombre político como era, ¿podía suponer que Franco, el ejército nacional y las fuerzas políticas y economicosociales que les apoyaban, aceptarían aquellas condiciones después de dos años y medio de lucha y cuando la victoria militar y absoluta la veían al alcance de la mano? Negrín confiaba en la inminencia de un conflicto internacional y calculaba que al plantearse una guerra en Europa, la intervención de Francia y las demás potencias daría como resultado inmediato un cambio radical en el panorama militar español. Existía un proyecto consistente en la retirada del ejército republicano sobre Levante —zona costera entre los cabos de la Nao y Almería—, concentrando tras las sierras sus mejores efectivos y desprendiéndose de parte considerable de la población civil imposible de alimentar y conservando puertos como Alicante, Almería y, como principal, Cartagena, con sus instalaciones y defensas, a la manera de fuertes cabezas de puente para el caso de recibir auxilio exterior; o para evacuar en caso de que resultara imprescindible llegar a ese extremo. En ese plan la Flota jugaba un papel preponderante. Para interpretar los hechos ocurridos en los primeros días de marzo conviene tener en cuenta lo que queda expuesto y considerar también que es precisamente a Cartagena el único lugar al cual envía tropas que confía le van a ser fieles, y que los únicos nombramientos que llegó a hacer de verdad y de manera efectiva fueron los de Galán y Etelvino Vega, este último como gobernador de Alicante, también comunista, y que llegó a posesionarse del cargo.

Los hechos se precipitan.

El mayor Precioso y su comisario se han adelantado a las fuerzan que mandan y se detienen en Murcia a establecer contactos telefónicos y personales con gentes que les merecen confianza, con el fin de informarse de la situación. Cuando se presenta a Galán, que por su parte ha hecho otro tanto, no recibe órdenes precisas. Confía Galán en su capacidad de negociador y sigue, quizá demasiado al pie de la letra, las someras órdenes de Negrín. Una de las cosas que hace en Murcia es telefonear a Bruno Alonso, antiguo amigo y comisario de la Flota, para recordarle cuanto en calidad de antifascistas todavía puede unirles. La confusión reina en todos los bandos y sub-bandos que van a intervenir en el conflicto. Artemio Precioso se adelanta a Galán y se presenta en la Capitanía de la Base. Allí está todavía instalado el general Bernal, a quien acompañan Vicente Ramírez, Morell, Semitiel. Tratan de presionar para que la brigada comunista se aleje de la ciudad y, como la orden escrita que presenta el comandante es la de ponerse a las órdenes del jefe de la Base, Bernal se muestra enérgico y se declara único jefe hasta el momento y como tal manda a Precioso que se traslade con sus hombres al Cabo Palos y que permanezcan allá acantonados. Por su parte Precioso no piensa acatar al general a quien, al igual que a los que le acompañan, considera depuestos y sospechosos de insubordinación. Entretanto la sublevación ha comenzado. El comandante Arturo Espa y los artilleros que le secundan se han apoderado del control de las baterías sin hallar resistencia. Calixto Molina ha movilizado unas secciones de artilleros y, puesto previamente de acuerdo con el director de la cárcel, Pedro Bernal, pone en libertad a los detenidos y entre ellos a Bermejo, Ramos Carratalá, Rosique, Guindulain, Sabas Navarro... es decir, a los principales de la quinta columna.

El Parque de Artillería, con acuerdo del coronel Armentia, se ha sublevado. Patrullas de artilleros, utilizando la significativa consigna de «Por España y por la Paz», ocupan distintos puntos de la ciudad y de los barrios periféricos con el fin de controlar las entradas y salidas. También en el Regimiento Naval permanecen acuartelados y salen efectivos aproximados de dos compañías. Paralela a la consigna de Armentia circula otra de mayor compromiso: "Viva Franco, Arriba España". Militares y civiles armados que suelen ser muchachos afiliados en secreto a una Falange Española sin conexión orgánica con la que funciona en zona nacional, ocupan también diversos lugares y comienzan a efectuar detenciones de elementos que consideran enemigos.

Francisco Galán se ha presentado en Capitanía y allí Bernal, ante la reprimida indignación de Ramírez, Morell y Semitiel, sin más ceremonia le traspasa el mando y se retira desalentado. Cuando Galán comienza a parlamentar con los marinos para convencerles de que no es portador de órdenes drásticas y que antes al contrario deben buscar acuerdos, Fernando Oliva, que ha conseguido desde la mañana una guardia de infantes de marina de su confianza, se presenta con el oficial de guardia y una patrulla, y arresta a Galán. Como Ramírez, Morell y Semitiel protestan, también son arrestados. Otras detenciones se producen en el edificio, que queda bajo el dominio de Oliva.

Y poco antes, cuando abandonaban la ciudad para ir al encuentro de su Brigada, son apresados por una patrulla insurgente el comandante, su comisario y el chófer. Los liberados de la prisión llegan al Parque de Artillería, en cuyo interior coexisten los partidarios de ambas sublevaciones —sin que las respectivas actitudes queden suficientemente claras— con personas de distinta filiación y los detenidos. Sólo queda sin sublevarse el Batallón de Retaguardia n.° 7, a cuyo jefe han arrestado en la Comandancia Militar.

En un lance en que audacia y suerte se complementan, y al amparo de la noche, el mayor Precioso burla la vigilancia de quienes le custodian y huye a través de los campos hasta presentarse en rapidísima marcha en él aeródromo de Los Alcázares. A sus requerimientos le contestan que no pueden movilizar fuerzas; ponen a su dísposición un automóvil con chófer. Hacia las doce de la noche el sábado 4 de marzo nadie es capaz de interpretar los hechos, ni siquiera los que están protagonizándolos.

Avenencias y desavenencias...

La sublevación —o sublevaciones— se han planteado con éxito en su primera fase; su desarrollo es rápido y apenas tropieza con obstáculos. Se produce, sin embargo, un primer contratiempo. A la Flota van llegando noticias imprecisas de lo que ocurre en la ciudad, pues algunos marineros han burlado a las patrullas. Un militante socialista de Aguilas, apellidado Díaz, le comunica a Bruno Alonso que la sublevación tiene carácter «fascista». Desde el crucero «Miguel de Cervantes» hay conectado un hilo telefónico que comunica con la Capitanía de la Base, próxima al lugar en que está amarrado el buque insignia. Bruno Alonso telefonea a Vicente Ramírez y no consigue hablar con él. Algo anormal, supone, ha ocurrido en 'la Base. El almirante telefonea a su vez y ante los pretextos que recibe, da un ultimátum que surte efecto. Vicente Ramírez y Galán se ponen al teléfono y hablan con Buiza y el comisario. Tratan de restar importancia al incidente de su detención y dicen que están buscando soluciones al malentendido del cual han sufrido las consecuencias.

Las peculiaridades de «política interna» que anima y mueve a las distintas parcialidades a lo largo de la noche son bastante embarulladas. Algunas posiciones se alteran, tampoco resultan claras. A raíz de la enérgica actitud de Buiza, que amenaza con cañonear el edificio de la Base, Francisco Galán, Vicente Ramírez, Morell y Semitiel comienzan a ponerse de acuerdo asistidos por otros de los presentes, todos ellos alarmados por el carácter de la sublevación que no acaban de comprender. Galán renuncia, a sus poderes y más adelante, y para evitar enfrentamientos, dimitirá formalmente ante Negrín, por medio del teletipo. Fernando Oliva se repliega, disimula y se mantiene a la espera de mejor ocasión; también acepta el trato con sus adversarios, que han quedado en libertad. (A mi entender, conserva el dominio del edificio, pues la guardia le es fiel y no tengo noticia de que se cambiara.)

Norberto Morell, acompañado del capitán Adonis, se traslada al Parque. Allá discuten con Armentia, con Molina, Bermejo y otros elementos civiles y militares. Ne se entienden y requieren la presencia de Vicente Ramírez, a quien va a buscar en automóvil el capitán Meca, para que le dejen paso libre en los controles. El capitán Meca, cuya casa saquearon, ni siquiera viste su uniforme sino ropas de simple artillero. Las controversias son trabajosas y todos tratan de disimular sus propósitos. Propone Ramírez que se retiren patrullas y controles, se deje libres a los detenidos y que la sublevación se aplace hasta mejor ocasión. Alude a las briga das comunistas que avanzan sobre Cartagena y a la necesidad de evitar derramamiento de sangre. Los del Parque se niegan. Armentia echa en cara a los marinos su deslealtad a lo pactado con respecto a Galán y les advierte que la Flota debe partir sin dilación, pudiendo quedar dos buques para evacuar a los más comprometidos. Llega a ordenar al comandante Espa que deje apuntadas las piezas de las dos baterías que pueden cañonear a los buques en el interior del puerto. Ramírez simula ceder y regresa a la Base para las oportunas consultas. Hay un instante en que todo se diría solucionado y Armentia, acompañado por sus parciales, se traslada a la Base para tomar posesión de la misma y ultimar detalles.

Sucesos importantes

Avanzada la noche se producen dos hechos importantes, dos tantos en favor de los insurgentes. Un grupo de composición heterogénea se apodera de la emisora local llamada «De la Flota Republicana», situada en el barrio de Los Dolores, zona del extrarradio en poder de falangistas y artilleros. Esta emisora era popular entre los cartageneros y a pesar de lo intempestivo de la hora son muchos los que la oirán. Alguien lleva un viejo disco rayado con la Marcha Real (que, como se sabe, pasó a ser Himno Nacional). Tras el himno comenzaron a darse gritos de «¡Viva Franco!» y «¡Arriba España!» y a leerse proclamas anunciando que Cartagena se había sublevado en favor de los nacionales y exhortando a los «verdaderos patriotas» a que se presentaran para colaborar en el movimiento insurreccional. Además, se pedía ayuda militar a Burgos. Segundo suceso: los blindados de Archena han llegado a las afueras, y las tripulaciones que probablemente iban confiadas, se han dejado sorprender. Seis de los doce blindados que venían han quedado en poder de los sublevados y por la mañana serán trasladados al Parque. Al Parque también serán encaminados numerosos prisioneros, mientras que otros son encerrados en la cárcel de San Antonio, cuyas celdas quedaron desocupadas.

Al amanecer La sublevación, de la cual todavía puede hablarse en plural a pesar de que los elementos nacionales, dominando el portavoz y altavoz de la emisora, van predominando, progresa en su carrera un tanto ciega. En el Arsenal, junto a los sublevados, se hallan acuartelados en actitud ambigua elementos que no se manifiestan, quizá porque en sus dársenas hay barcos de la Flota. En Intendencia de Marina (actual edificio de Capitanía) también la situación es favorable a los rebeldes. Algunos destacamentos están alzados de manera pasiva y expectante. Lo mismo puede decirse del cuartel de Infantería Naval. Dos baterías de la DECA (antiaéreas), a pesar de que dependen de Aviación, se ponen a la disposición de Espa. La DECA de Los Dolores, dada la proximidad a la emisora, acepta la nueva situación.

Nadie sabe lo que ocurre, muchos creen que la guerra ha terminado, pocos desean comprometerse. En algunos lugares han aparecido banderas nacionales: una tercera franja roja cosida a una bandera republicana, de la cual se ha desgarrado la franja morada. En algunos barrios o pueblos los ,más exaltados se echan a la calle para exteriorizar su contento, mientras que otros, por temor o enemiga, se encierran en sus casas.

En el Parque, ausente Armentia, crece la preponderancia de Bermejo, Ramos Carratalá y Molina y de los militares de tendencia nacional, pero la confusión no se organiza y el creciente número de detenidos comienza a ser problema. Entre los mismos detenidos las actitudes son diversas y las reacciones, a veces, inesperadas. El embrollo en la Capitanía de la Base es mayor. Vicente Ramírez y Galán se hacen cargo de lo difícil de la situación y del carácter insólito que está tomando el levantamiento. Ellos no controlan la ciudad, pero consideran, sin embargo, que lo que resuelvan dentro de las cuatro paredes del edificio en el cual están aislados será lo que ha de prevalecer. Buiza y Bruno Alonso se trasladan a la Base. Armentia, a quien el giro de los acontecimientos ha debido alarmar en su republicanismo, se inclina a la búsqueda de transacciones. Llega a telefonear a Espa para anular la orden de disparar contra los buques si a determinada hora no se han hecho a la mar. La nueva posición de transigencia adoptada por su jefe no es aceptada por Espa, quien toma contacto con el Parque.

Los miembros del comité comarcal del PCE y otros militantes se hallan encerrados y a la defensiva en el local que está en la misma plaza que la central de la Telefónica. Esta central termina controlada por los sublevados, que tirotean el local del PCE. Algunos pequeños choques se han producido pero nadie se alza en acciones enérgicas.

L. R.

Sublevación en Cartagena
Luis Romero